El dinosaurio que llegó ¿para quedarse?
La noche del 1 al 2 de julio fue sombría. Apenas iban computadas el 10 o 20% de las actas, y el consejero presidente del IFE dio conocer como ganador al candidato del PRI. Acto seguido, Felipe Calderón le hizo segunda, sonriente… y ¿por qué no? Eso significaba que él ya se había salvado el trasero y muy pronto hará las maletas para irse de aquí. Lo demás ya no quise verlo.
La decepción y la tristeza se apoderaron del ambiente después de esos minutos, más tarde -ya en la madrugada- se sumaría el enojo, la incertidumbre con el entendimiento de que el dinosaurio había logrado regresar a Los Pinos.
La mañana que salí a votar, no pensé qué me convenía a mí, como individuo. Pensé en lo que le convenía a mi país golpeado, violentado, saqueado, para transformarse en algo que siempre esperé de niña. Voté por Andrés Manuel, no porque se tratara de un ser perfecto -nadie lo es y el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra-, o de un mesías, sino porque su proyecto era capaz de realizarse, de llevar progreso a dónde más falta hace, de componer esos valores que se están pudriendo desde la llegada del neoliberalismo, de hacer de este país un país para todos con equidad y justicia. Tontamente, pensé que los demás harían lo mismo, que impedirían a toda costa que el PRI volviera a instalarse en la silla presidencial.
A lo largo de la jornada leí reportes en Twitter sobre compra de votos, boletas tachadas a favor del PRI, robo de urnas, dos atropellados por una candidata a regidora por parte del tricolor, un representante de Morena asesinado. ¿Y la FEPADE? No contestó los teléfonos todo el domingo.
Estuve molesta todo el lunes, con los panistas que decidieron votar por Josefina aún cuando desde el inicio de su campaña se notaba que jamás ganaría, con los anulistas porque el voto nulo me sigue pareciendo un desperdicio; porque quizá ambos se dejaron llevar por el miedo, la desinformación y se negaron a analizar a fondo las propuestas de Andrés Manuel. A la mente vienen esas frases que he escuchado tantas veces: “detesto al Peje”, “odio al Peje”, “se cree mesías”, etc., y el sentimiento de “si nos va mal, que se frieguen todos, pero yo no voto por el Peje”.
Entrada la tarde, me molestó aún más la actitud conformista de otros, después de que Andrés Manuel declarara que impugnaría el resultado de la elección, algo, a lo que tiene derecho, por cierto, y que se contempla en el pacto de civilidad que firmaron los cuatro candidatos.
Quiero dejar claro que no me indigna que Andrés Manuel haya perdido la contienda, como lo he dicho antes: no soy pejezombie, aunque otros quizá quieran verlo así -y si ese es el caso, me vale y me tiene sin cuidado.
Lo indignante es ver que este país, en cuestión de valores, se ha ido al carajo. Vender a la patria por 700 pesos sólo me dice que lo que hoy le importa al mexicano es la lana… caray, hasta las putas tienen más decoro.
Lo indignante es saber que la gente no tiene memoria. Hoy, han estado protestando aquellos que vendieron su voto porque el PRI no les cumplió, como no la hecho, como nunca lo hará, pero serán ellos que en las próximas elecciones volverán a creer que ahora sí les van a cumplir. Mexicano sin memoria estarás condenado a repetir el mismo error.
Lo indignante es escuchar el “ya perdió, que lo acepte”, “que no haga berrinche”, cuando es más que evidente que toda la contienda estuvo plagada de anomalías, de acarreos, compras de voto, robo de urnas, quema de urnas y boletas, encuestas infladas, excesos en gastos y las tarjetas prepagadas de Soriana. Andrés Manuel está ejerciendo un derecho, y lo apoyo porque hay cosas que no están bien, empezando por la claudicación de Vázquez Mota con tan sólo 0.02% de actas computadas y la exigencia de Quadri de que Andrés Manuel aceptara su derrota, aunque también el PAN fue víctima de esa corrupción y hoy no le interesa reclamar dichas irregularidades.
Lo indignante es que le temen más a una impugnación, a un plantón, que a otros setenta años de era jurásica -porque hay que decirlo, han logrado clavar sus garras en Los Pinos y harán todo lo posible por no soltar de nuevo el poder, cueste lo que cueste.
Lo indignante es que llamen “pinches revoltosos” a los que defienden sus derecho, pero aplauden como focas amaestradas al que los pisotea.
Indignante es este retroceso, y que se queden cruzados de brazos, por la simple razón de que la izquierda no es lo suyo. Recuerden, mañana pueden ser ustedes los que necesiten ayuda.
Si después de la impugnación, Andrés Manuel resulta perdedor, por mi parte ya no hay más que hacer. Sólo quiero estar segura que perdió bien, que no se le rasuraron votos durante la madrugada, que nos se manipularon números, que la televisora que todo lo controla no se salió con la suya jugando sucio.
Después de que quede aclarado el resultado de las elecciones, espero que Morena se mantenga viva, no como una organización política sino como una organización social que ayude a construir a una sociedad educada y consciente para que en seis años, la gente -por más necesitada que esté- se rehuse a caer en el juego sucio, se niegue a vender su voto, le dé más valor a su dignidad.
Necesitamos renovar al IFE, que ha demostrado una y otra vez su ineficacia, necesitamos que se hagan reformas políticas que contemplen, entre otras cosas, la segunda vuelta en las elecciones, el plebiscito y la revocación de mandato, necesitamos cambiar la manera en que se hacen campañas y ojalá la televisión pudiera quedarse fuera de ese asunto para evitar que el dinero designe a un ganador.
Apaguen a Televisa, a TV Azteca que poco aportan, y lean. Lo que quieran, pero lean. Ahí en los libros hay muchas cosas que merecen ser rescatadas. Sean críticos, cuestionen. No se queden cruzados de brazos.
Hoy, más que nunca, necesitamos dejar atrás las quimeras que las televisoras construyen, necesitamos más arte, más cultura, más valores, necesitamos poner los pies en la tierra… quizá, algún día podremos alcanzar el cielo.





